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Suelos

Los beneficios de las comunidades microbianas en la agricultura

El investigador del INTA, Daniel Grasso, propone el estudio de las comunidades microbianas para conocer el impacto de las prácticas agrícolas sobre la calidad del suelo.

Los beneficios de las comunidades microbianas en la agricultura

Con estudios de monitoreo y de interpretación de la microbiología del suelo, científicos del INTA buscan dar respuesta a los cambios y el impacto de la agricultura sobre las comunidades microbianas que lo habitan. Trabajan en correlacionar la estructura y funciones en cuanto al manejo, lo cual permite conocer el impacto sobre los procesos en los que están involucradas estas poblaciones.

Esta biota del suelo constituida principalmente por bacterias y hongos, que funcionan colectivamente con lo que hoy se denomina microbioma, es la responsable de todos los procesos que suceden en el suelo.

“Está involucrada en lo que denominamos comúnmente: calidad del suelo; tanto para la productividad, la salud vegetal y otro sinnúmero de características, donde la microbiota es la responsable de todas estas funciones”, indica Daniel Grasso, del Instituto de Investigación Suelos del INTA Castelar.  

La importancia de las comunidades resulta en que todos esos organismos que ahí viven cumplen funciones.

Desde el punto de vista de un biólogo, “el suelo es observado como un organismo vivo”, sostiene el investigador, para quien es posible “compararlo como un organismo multicelular con diferentes órganos interactuantes como en los humanos”. Y, aclara que, del mismo modo, todas las funciones físico-químicas actúan como una estructura que enlaza a toda esa comunidad. Mientras que en un enfoque físico-químico “el suelo es la casa donde habitan esas bacterias”.

La importancia de las comunidades resulta en que todos esos organismos que ahí viven cumplen funciones. “Por ejemplo: en la transformación de la materia orgánica, en la fijación de nutrientes en el suelo, como el nitrógeno o la disolución del fósforo y hacerlo apto para que lo utilicen las plantas; y, también, actuar sobre compuestos xenobióticos o en biolixiviación”, puntualiza.

En tal sentido, “las características que hacen a la calidad del suelo son responsabilidad de estos organismos”, destaca.

Para el especialista en los distintos enfoques disciplinarios no se presentan aspectos contradictorios. Argumenta que “hoy todos los trabajos, o en su gran mayoría, son multidisciplinarios”. Por lo cual, no se puede estudiar la biota del suelo “sin conocer qué está pasando con la físico-química del suelo, ni los especialistas en esta rama pueden dejar de lado lo que sucede con la biota”, dice porque dejarían de lado un aspecto muy importante.

A lo largo del tiempo, ¿qué dicen los estudios del suelo acerca de la salud? “Las preguntas acerca de la agricultura, en orden a: qué pasa con el suelo con el monocultivo de soja, en cuanto a siembra directa, en el cambio de una práctica agrícola de convencional a orgánica, en el uso del suelo de un bosque nativo típico a un sistema silvopastoril, son las que el INTA se hizo históricamente”, apunta.

Agrega que “lo que cambió en los últimos años es cómo se estudian y con qué herramientas se cuenta para ello”.

 

 

Para una mejor comprensión, Grasso explica que en un gramo de suelo pueden vivir entre 90 a 100 millones de bacterias y, a su vez, unos 200 mil hongos. Aunque, de la inmensa diversidad de microorganismos que allí viven, muy pocos son cultivables en el laboratorio.

Significa que los primeros estudios que se han hecho “miraron a esta pequeña población que es cultivable. Y para tener una mejor dimensión, esa porción cultivable representa el 0,1 %”, apunta.

En un gramo de suelo pueden vivir entre 90 a 100 millones de bacterias y, a su vez, unos 200 mil hongos.

Los estudios de la microbiología clásica de los años 50 en adelante, así como los resultados que se obtuvieron, están en línea con ese porcentaje y “lo que observaba en el laboratorio era lo que podía ser cultivable”.

El avance tecnológico alcanzado con la biología molecular sumado a poder aislar material genético del sistema y analizarlo con métodos que son independientes del cultivo, permite en la actualidad hacerse las mismas preguntas pero las respuestas pueden ser diferentes. La diferencia radica en que “la herramienta es más poderosa y permite observar el panorama casi por completo de las comunidades microbianas”, indica.

La enorme diversidad de microorganismos con la que cuenta el suelo “nos lleva a predecir que cualquier cosa que se haga, impactará en cambios en esa comunidad”.

 

Estudios centrados en la evidencia

“Muchos de los estudios son descriptivos”, comenta Grasso y agrega: “Se generan para estudiar un sistema en el que se compara, por ejemplo, una práctica agrícola convencional con una orgánica para entender qué sucede con la microbiota del suelo”. Aunque responde a una primera etapa, según el investigador.

En la medida en que se cuenta con nuevo conocimiento, “la segunda etapa está en entender para poder predecir si estos cambios son buenos o malos. Aparecen cosas obvias. Si la diversidad biológica general cae drásticamente, más allá de qué haya disminuido, desaparecido o incrementado, no es un buen síntoma”, reflexiona.

Al respecto, señala que “no se llega a una disminución tan drástica en que desaparezca determinado tipo de microorganismo. Sí se producen cambios en la diversidad y de la funcionalidad en el suelo”.

La capacidad de resiliencia es uno de los aspectos que se estudian para poder conocer cuánto puede volver a su estadio anterior y, salvo en casos drásticos tales como desertificación, siempre las pérdidas son recuperables.

 

 

Colaboración interdisciplinaria

En marco del INTA, estos estudios de comunidades microbianas contemplan varios institutos y laboratorios en distintas regiones del país. Como ejemplo de un proyecto pionero interdisciplinario e interinstitucional se destaca el de Biología del Suelo y Producción Agropecuaria Sustentable (BIOSPAS), iniciado en 2007, que tuvo como fin entender la relación entre los microorganismos y el manejo de los suelos bajo siembra directa.

“Fue un puntapié para la colaboración interdisciplinaria con productores agropecuarios donde se monitorearon los parámetros físicos, químicos y biológicos bajo el enfoque tradicional, de la microbiología y la química enzimática, y el moderno, de la biología molecular”, puntualizó.

Los resultados publicados indicaron que las prácticas agrícolas son determinantes de la estructura de las comunidades microbianas del suelo, lo cual sugirió que un adecuado manejo agrícola resulta de importancia para conservar la diversidad de microorganismos.

 

 

Bioinoculantes

La industria de bioinoculantes se sustenta y basa en la producción de microorganismos aislados de ambientes tales como el suelo y que poseen propiedades que aumenten la productividad agrícola, como ejemplo: bacterias que se denominan promotores del crecimiento.

El aporte de estos sistemas biológicos resulta una práctica agrícola con una significativa mejora ambiental en la medida que constituyan un reemplazo de los agroquímicos. Sin embargo, “en el futuro y en la medida que nuestro conocimiento lo haga posible es deseable poder lograr manejar las comunidades del suelo que evite la necesidad de la introducción de grandes cantidades de un microorganismo ajeno a la comunidad durante tiempos prolongados”.

En esa línea, Grasso reflexiona que “lo ideal sería conocer qué comunidades componen el suelo para generar prácticas que las modifiquen en el sentido deseado, sin la necesidad de agregar microorganismos, donde solo sea necesario modificar la comunidad nativa para hacerla más productiva en suelo”.